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Ayudar y ser ayudado
Ayudar y ser ayudado
:: Maria Guida ::


Traducción de Teresa - teresa_0001@hotmail.com

Desperté sintiéndome totalmente desamparada.
Es raro, para mí, despertar así.

Mientras me preparaba para otro día más de trabajo, una imagen personal muy negativa comenzó a tomar forma. Me he visto como alguien totalmente carente de preparación para realizar aquello que me proponía. Una persona cansada, inútil.
Incapaz de ayudar a nadie.

Probé a reaccionar, a cambiar el talante. No dio resultado.
Entonces, hice lo que siempre hago cuando me ocurre ese tipo de cosas.
Acepté que esos mensajes procedían de algún lugar dentro de mí y, por esto mismo, debían tener una función. Dejé que el discurso prosiguiese hasta su amargo final.

En el taxi, teniendo como banda sonora las noticias de la CBN, comprendí que si yo quería continuar mi camino en dirección al auto-conocimiento, tendría que encontrar, dentro de mí, el origen, el foco de aquella destructiva transmisión.

En el ascensor, el desgastado esquema de echar la culpa a los demás, comenzó a tomar forma.
Pensé que alguna cosa externa tenía que cambiar.
¿Tal vez cambiar de trabajo?
¿De casa?
¿De Ciudad?
¿De Estado?
¿De País?

Antes de abrir la puerta, me dije a mí misma que si continuaba en esta línea, tendría que cambiar de Universo. Y, desafortunadamente, eso no sería posible, porque el Universo es uno solo.

Abrí la puerta y me topé con las personas. Todas aquellas con las cuales yo comparto mi día.

Mientras saludaba a cada una, sin gran entusiasmo, la sensación de que nada sólido existía entre ellas y yo se tornaba más fuerte. Yo tenía conciencia de que esta era una clara señal de que el separatismo estaba ganando terreno dentro de mí.

Como un animal que va camino del matadero, recorrí los conocidos pasillos, cumpliendo el ritual acostumbrado que la relación profesional impone.

Sin perder la noción del vacío interior que experimentaba – pero obedeciendo al impulso natural de mi ascendiente Aries – sumergí la cabeza en la rutina habitual: contestar a los e-mails recibidos en la noche anterior.

El texto del primer mensaje me chocó. Allí estaba alguien que sentía exactamente lo mismo que yo, y que – encima - me pedía ayuda. ¿Precisamente a mí, que me sentía totalmente vacía aquella mañana?

Tragué en seco. Lágrimas de impotencia me vinieron a los ojos. Pensé en cerrar la caja de mensajes y no responder.

Entonces, desde lo más profundo de mi misma, algo muy tranquilo comenzó a emerger. Al principio con timidez, y después con creciente seguridad, la pequeña voz interior repetía mansamente:
- ¡Venga! Di a esa persona cómo te sientes tú. Sé franca y confiesa que no estás en condiciones de ayudar.

Las manos avanzaban sobre el teclado, e iniciaron un texto lleno de disculpas y evasivas.

En el tercero o cuarto renglón, sin embargo, algo me hizo parar. Aquella persona quejumbrosa, que rehusaba comprender el sufrimiento ajeno, no era yo. Comencé a pensar en el sincronismo de todo aquello. Percibí que aquel mensaje había aparecido ante mis ojos en buena hora.

Allí estaba una persona y su dolor. Su sentimiento de vacío e impotencia, su falta de fe en sí misma y también en la presencia divina que residía en el templo de su corazón, eran idénticos a los míos.

Su pedido de ayuda era el impulso de que yo tanto necesitaba para vencer la sensación de abandono que ganaba espacio dentro de mí.
Borré aquellas frases cargadas de desánimo y escribí la única palabra que yo quería, ciertamente, decir a aquella persona: ¡Gracias!

Entonces, en un único torrente de palabras, comencé a explicarle por qué le estaba agradeciendo. Ha sido como abrir las ventanas y dejar entrar una Luz mucho más potente que la del sol.

Mis ojos estaban nuevamente anegados, pero era de pura, verdadera alegría. Un sentimiento intenso de gratitud me inundaba fuertemente y me ligaba a esa bendita persona, que había tenido la magnífica idea de vencer su orgullo y pedirme ayuda.

Pensé que yo también hubiera podido hacer lo mismo, pedir ayuda a alguien.

He comprendido que, a cada paso del camino, existe mucha más magia que aquella que nosotros conseguimos comprender, o siquiera notar.

Le hablé sobre esto a esa persona desconocida, acerca del bien que me había hecho, de como su petición de socorro había actuado sobre mí, y había trasmutado el separatismo en sentimientos de comunión, reconocimiento y paz.

Antes aún de que hubiese terminado de escribir, la esperanza, la fe, el amor incondicional habían vuelto a mi vida.

En el cuarto momentáneamente oscurecido de mi corazón, la Luz de la Divina Gracia ganaba nueva fuerza y resistía, insistiendo en brillar.

Todo estaba en el orden más perfecto. Incluso el sentimiento de desamparo que había sentido tenía su razón de ser. Me había enseñado que, cuando nos sentimos desamparados, hay algo muy sencillo, que podemos hacer sin avergonzarnos.

Pedir ayuda. Abrir el corazón. Compartir.

Porque, si somos todos uno, no hay diferencia entre quien pide ayuda y quien se dispone a ayudar.


Vea tambiém:
Ajudar e ser ajudado

Maria Guida
colaboradora do Site
desde 2002.

Email: mariaguida@gmail.com


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