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La gente del castillo
La gente del castillo
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Por Mauro Kwitko
mauroabpr@gmail.com

Traducción de Teresa
teresa_0001@hotmail.com

La gente del Castillo, en aquel tiempo en que había castillos, no tenía ningún poder, a no ser el poder de comprar soldados para que los defendiesen de eventuales ataques, externos o internos, y para atacar a quienes osasen desobedecerles o no pagasen los impuestos. Los soldados cobraban por ello, y con eso, los auto-titulados “nobles” podían hacer lo que quisieran, literalmente, desde robar, saquear, prender, matar, violar, ya que eran los dueños del poder y de la fuerza.

La gente del Castillo hoy día tampoco tiene ningún poder, no siendo el poder que el dinero otorga de comprar a quien se vende. Hasta hace algún tiempo, el Ejército y la Policía se habían olvidado de que también eran pueblo, que también estaban siendo explotados, que su familia, sus amigos y las familias de éstos, sus hijos y los hijos de sus amigos vivían mal, estudiaban mal, eran mal atendidos en los Puestos de Salud, en los Hospitales; estaban defendiendo y protegiendo a villanos y no se daban cuenta, o sí se daban cuenta, pero se trataba de su empleo, su modo de ganarse el pan.

Actualmente eso está cambiando, de manera similar a como sucedió en la Revolución Francesa; el pueblo con uniforme empezó a percibir que estaba en el lado equivocado, y el pueblo civil empezó a percibir que, si esperase a que se hiciese justicia, a que su vida mejorase, esto nunca llegaría a suceder, y unidos invadieron el Castillo y decapitaron a los que vivían en él.

Cuando éstos se apercibieron de que no tenían ningún poder ya era tarde, su cabeza rodaba, y el pueblo se hizo con el poder. Y ¿qué pasó entonces? Los líderes rebeldes se convirtieron en la nueva gente del Castillo. Y hoy, cuando la gente del Castillo venga a ser decapitada del poder y sustituida, es muy posible que llegue a suceder lo mismo que la otra vez. ¿Por qué? Porque es necesario cambiar la mentalidad de la humanidad, es necesario que el adolescente inferior de las personas madure, crezca, se haga adulto. Y de eso trata este libro.

Viendo algunos políticos en vivo, por televisión, en Internet, sus fotos en periódicos, en revistas, la impresión que transmiten es que todavía creen que tienen el poder, lo que pasa es que ya no lo tienen, porque el pueblo que lleva uniforme se ha cansado de servir y proteger a villanos, y percibiendo que son también explotados por ellos, quieren ahora justicia, la cual empieza a hacerse a través del Poder Judicial, con el apoyo de las fuerzas armadas, civiles y militares. O sea, la gente del Castillo está descubriendo lo que fatalmente llegará un día a suceder, que ellos no tienen ningún poder, a no ser que decidan, por necesidad, por desesperación, abrir el cofre y comprar el apoyo del pueblo que lleva uniforme, lo cual no se puede descartar, al menos de cierto sector de él.

Pero ¿cómo evitar que la nueva gente del Castillo, con el tiempo, repita las mismas pautas de la gente anterior? Sólo hay una manera, poniendo rumbo hacia una postura adulta, una madurez de pensamiento y de conducta. La prioridad dada al dinero, al poder, al esparcimiento, a los bienes materiales, debe ceder ante la prioridad del final de la desigualdad social, y con ello el final de la miseria, del hambre, del achatarramiento de la educación, de la salud, (en sus aspectos profiláctico, principalmente, y curativo). Cuando la nueva gente del Castillo asuma que el poder debe estar preparado para un proceder de adultos, lo cual significa acabar con la riqueza, ya que ésta es el origen de la pobreza: aquélla es la causa, ésta es la consecuencia.
El poder financiero no puede ya comandar nuestro país, sino que éste debe estar bajo el poder del amor, de la caridad, de la generosidad; lo que se echa en falta en todo el mundo es un incremento de la espiritualidad.

Religiones ya tenemos las suficientes, íntegras, más o menos íntegras, nada íntegras y abiertamente inescrupulosas, cada cual elige la suya, generalmente por carencias infantiles, por necesidades intrínsecas, en busca de un padre, de una madre, de una familia, aunque deba pagarlo mediante depósito bancario, transferencia vía Internet, tarjeta de crédito, todo vale en el reino de la codicia financiera travestida de Religión.

Pero nosotros estamos hablando de espiritualidad y eso trasciende la Religión; espiritualidad es poner en práctica lo que todas las Religiones predican teóricamente, amar al prójimo como a sí mismo, tratar a todos como queremos ser tratados, no hacer a otro lo que no nos gustaría que nos hiciesen. Todas las Religiones dicen que somos todos hermanos, somos todos iguales, hijos de Dios, que debemos libertarnos del egoísmo, de la codicia, del orgullo, de la vanidad, darnos la mano, ayudarnos unos a otros, pero esto ¿dónde lo vemos? Lo cierto es que nosotros mismos, en el día a día, no somos realmente tan diferentes de la gente del Castillo; ellos cometen grandes defraudaciones, nosotros las cometemos pequeñas, ellos mienten y engañan mucho, nosotros mentimos y engañamos un poco, pero ¿y si fuese al revés, si nosotros estuviésemos allí dentro del Castillo, quién garantiza que seríamos diferentes de ellos? Eso es falta de espiritualidad, también lo podemos llamar falta de más criterio moral; lo que falta a la gente del Castillo y a la mayoría de nosotros es más firmeza moral, más incorruptibilidad, más desapego a nuestro ego, atender más a los pobres y los desvalidos.

Espiritualidad es la práctica del bien, es anhelar ser bueno, es orar y vigilar los propios pensamientos, purificar los sentimientos, cincelar las palabras, rectificar las actitudes y las posturas, querer ser, algún día, puro y perfecto, y querer que todos también lleguen a eso. Las religiones nos enseñan la teoría, la espiritualidad es cumplir en nuestro cotidiano lo que hemos aprendido en nuestros Templos, Iglesias, Centros, incluso en el caso de que lo que dice nuestro pastor, obispo, cura o médium, el pai o mãe-de-santo no venga de su corazón, sino que venga de su ego o de su bolsillo; si lo que sale por su boca es bueno, eso es lo que debe importarnos, es lo mismo si quien habla no cumple lo que dice, nosotros, si creemos en eso que estamos escuchando, debemos cumplir; si no, si quien habla no cumple, y quien escucha tampoco, todo pasa a ser en vano, un grande e interminable juego de hacer-de-cuenta.

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