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Para verte libre de un obsesor...
Para verte libre de un obsesor...
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por Maria Silvia Orlovas - morlovas@terra.com.br

Traducción de Teresa - teresa_0001@hotmail.com

Ya al comienzo de esta semana recibí a Hamilton, ejecutivo competente, un buen hombre, que conozco desde hace algunos años, pues de tiempos en tiempos él acude a mí a fin de escuchar lo que los maestros tienen para decirle.

Harto de trabajar en el mismo lugar sin recibir ningún tipo de reconocimiento, como ya me conocía, enseguida ha abierto sus sentimientos, quejándose de la vida monótona que llevaba, de la falta de interés y de la inmovilidad. Él, que siempre había tenido mucha disponibilidad para el trabajo, venía sintiéndose impotente, sin fuerzas para cambiar su vida, pues todo lo que había intentado hacer en los últimos tiempos le había salido mal.
Cuando accedimos a las vidas pasadas, en vez de venir su propia conciencia contando las circunstancias de esa condena, o incluso el mentor, dando explicaciones, ¡vino un obsesor!

Pues sí, amigo lector, ¡un obsesor en la terapia! La narrativa fluyó con dolor, pero al mismo tiempo con luz. El espíritu contó que Hamilton era hijo de un señor feudal, y que al servicio de su padre recorría las tierras cobrando impuestos a los colonos, sin importarle las dificultades y contratiempos de nadie; era egoísta y se sentía superior, con ello fue recolectando, además de las monedas de oro, muchos desafectos, odio y resentimientos de aquellos que le tenían rabia a él y a su familia, pues mientras que ellos trabajaban arduamente para sacar a la tierra con qué mantenerse, padre e hijo gastaban su dinero en tabernas, con mujeres de la vida, en grandes fiestas. Pero lo que más nos impresionó fue el mensaje de aquel ser.

Dijo: Tú siempre te has esforzado mucho, ¿no es cierto? Nosotros también. Y ¿sabes cuándo nos sentimos vengados? Cuando buscas reconocimiento para tu trabajo, cuando te esfuerzas y nada de lo que haces es valorado. Porque así era exactamente como procedías tú con nosotros. Creías que tú eras un bien nacido, con derecho a todo lo bueno que disfrutabas, y que nosotros teníamos ciertamente que trabajar, porque era lo que merecíamos. Que la vida era así. Y que tú podías gastar tu dinero como te pareciese bien, sin que nadie te importase. Hoy cosechas tus frutos. Trabajas, pero la vida no se abre, las cosas no suceden, por más que te esfuerces.

En ese momento los mentores retiraron a esta criatura sufrida y la encaminaron a un espacio de luz y aprendizaje; Hamilton se quedó más tranquilo y confidenció que de hecho siempre había juzgado a los demás teniendo como parámetro su propia forma de vivir. Creía que trabajaba y se esforzaba y por ello su vida tendría que marchar bien. También creía que las otras personas eran perezosas y por ello no salían adelante. Tenía un raciocinio lineal, sin dar cualquier oportunidad a lo desconocido, al mundo sutil de causa y efecto que nos acompaña.
Solo ahora, más maduro, habiendo pasado por tantas cosas sin ver sus esfuerzos recompensados, ha comprendido un poco mejor por qué es preciso tener complacencia con los demás.

Salió de la cita más leve y con menos deseos de juzgar a otros. Dijo claramente que había comenzado un movimiento interno para aceptar a las otras personas tal como son y dejar de exigirse tanto a sí mismo y al mundo, pero que todavía tenía bastantes dificultades para comprender por qué la vida es aparentemente fácil para algunas personas y difícil para otras; pese a todo, ya había descubierto que no todo depende únicamente del esfuerzo. Descubrió que hay otras fuerzas comandando el mundo.

Me alegra mucho cerrar este artículo, que he retenido conmigo durante algunas semanas, con un acontecimiento sorprendente. Pasado ese tiempo, Hamilton acudió a mí para contarme que por fin un nuevo camino profesional se abría para él. Dijo tener el corazón en profunda paz y gratitud hacia su antiguo obsesor, porque gracias a su interferencia ha cambiado su vida, y que presentía que en lo sucesivo no iba a juzgar a nadie nunca más.

Terminó su explicación diciendo: “Sabes, María Silvia, juzgar nos hace prisioneros. Yo lo que quiero es ser feliz, y dejar a cada cual en su vida, a su manera. Por fin creo que he aprendido la lección y que he sido perdonado. Estoy seguro de que ahora todo será diferente”.

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