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LENGUAJE DEL SILENCIO

por: WebMaster
 
LENGUAJE DEL SILENCIO
 

por Oliveira Fidelis Filho - fidelisf@hotmail.com

Traducción de Teresa - teresa_0001@hotmail.com

Están los que hablan mucho y no dicen nada y los que tienen en el silencio su mejor argumento.
Están los que hablan mucho y nadie les escucha y los que son escuchados cuando se callan. Hay discursos que no enganchan y hay silencios conmovedores. Están, además, aquellos que, cuando hablan, se hace el silencio. Ello porque, recordando a Salomón, “las palabras de los sabios, oídas en silencio, valen más que los gritos de quienes gobiernan entre necios.” (Eclesiastés, 9.17).

En el libro de las revelaciones se nos informa que “hubo silencio en el cielo durante cerca de media hora”. (Apocalipsis, 8.1). Algunos hombres extraen de ese texto la conclusión de que no hay mujeres en el cielo; algunas mujeres ven en este silencio la perplejidad ante el absurdo de permitir la entrada a hombres en el cielo. El silencio, verdaderamente, antecede a la creación y a la revelación.

En el enjuiciamiento y ejecución de Jesús, las varias tentativas de hacerle hablar no tuvieron éxito. Por más intimidatorios que fuesen los métodos empleados en la tentativa de arrancarle alguna declaración, el silencio por parte del Maestro persistía. De nada sirvió la tortura psicológica y física; Jesús echó mano del derecho a permanecer en silencio. Por no tomar posesión de ese derecho, muchos de nosotros perdemos grandes ocasiones de estar callados.

Para Jesús, el momento era de silencio, pues en cada uno de sus verdugos solo había espacio para oír los respectivos argumentos. El silencio era, entonces, la posibilidad de llevar a sus acusadores a oír sus propias acusaciones y a percibir la incoherencia e inconsistencia en que se apoyaban. Su silencio, con todo, estaba vaciado de odio, resentimiento, o deseo de venganza; de su interior no emanaban tales densas y sombrías energías. Sus ojos no centelleaban de ira, sino que destilaban bondad y compasión. Y fue en este estado de levedad, frente a toda brutalidad, como ascendió su plegaria a Dios, tal como el incienso, en las siguientes palabras: “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen.”

Así como hay trajes para diversas ocasiones, vinos apropiados para diferentes platos y copas para diferentes vinos, hay también silencio con los más variados propósitos y significados, oscilando entre el elegante y el inconveniente, entre el que produce beneficios y el nocivo.

Pensando en esto, ofrezco una pequeña lista de algunos tipos de silencio, que podemos guardar según las variadas situaciones.

Silencio Sabio, o motivado por la prudencia. Se utiliza cuando se percibe que los ánimos se encuentran exaltados, cuando se hace presente la descompensación, cuando el complejo asume la posesión de la conciencia, la ira ciega la razón, la lucidez se ha apagado, el ego se halla divorciado del Yo. En estas circunstancias manifiesta sabiduría quien se refugia en amoroso silencio hasta que pase la “tormenta”, entendiendo que “si no hay maldicientes cesa la contienda”. Sabe que mucho más útil que tener razón es tener bondad; más importante que un argumento fuerte es un corazón manso.

Silencio acogedor, cuando ante el dolor del semejante, causado por pérdidas humanas o materiales, se evita argumentar, comparar, justificar, explicar o aconsejar, restringiéndose a estar cercano, en silencio, vaciado de las pretendidas verdades, totalmente disponible, para sentir y escuchar la experiencia del otro. El silencio acogedor abre espacio en nosotros para que el otro se refugie. En estas circunstancias, una mirada inundada de ternura, un abrazo lleno de compasión, estar presente en cuerpo y alma, es puro aliento.

El silencio extasiado. Cuando, frente a lo que encanta y arrebata, permanecemos en reverente silencio, en postración de espíritu y de alma. Silencio que nos asalta ante el misterio de la vida y de la muerte o la magia de la Creación. Silencio que relativiza todas las voces y hace callar todos los argumentos, al sentir en el corazón la presencia divina, al oír en el alma la voz de Dios, cuando en la mística de la fe contemplamos el Eterno Misterio.

Silencio impuesto. Cuando por el empleo de la fuerza se hace callar la voz del más débil, de la víctima de injusticia, del discriminado, del oprimido, del marginado. Silencio impuesto por el miedo, producido por las armas del poder económico, político y religioso que perpetúan la esclavitud, la represión, la culpa, el enjuiciamiento y la condenación. Silencio de aquellos a quienes se ha quitado la voz y la vez.

Silencio connivente. El de quien se deja callar a cambio de beneficios injustos, el de aquel que tiene la conciencia estuprada por la ganancia ilícita. Silencio comprado, fruto del desvergonzado diálogo entre el corruptor y el corrupto. Tiene a la verdad como mercancía de cambio, y lo que se ajusta a derecho queda silenciado en beneficio de la ganancia; cuando ante la oportunidad ilícita sobresale la falta de carácter y “se vende el alma al diablo”.

Silencio cobarde. Cuando ante la maldad, la corrupción, la estafa, los desmanes y la injusticia practicada en los dominios familiar, económico, político y religioso, se opta por mantener “la lengua presa” al cielo de la zona de confort en la cual temerosamente se ha abrigado. El silencio cobarde es el silencio de la omisión, donde el mayor daño no viene solo de los malhechores, sino también, y sobre todo, de los ciudadanos de bien que se mantienen omisos.

Silencio que hiere. Es silencio motivado por el odio, por la indiferencia, por el sentimiento de venganza, por la incapacidad de perdonar, de acoger y de amar. En este aspecto, recordando a Rodovalho, “el silencio es un recado. Es la peor carta que alguien le puede enviar al otro.” Tal silencio es capaz de ocasionar infierno y enfermedad a quien lo protagoniza, pudiendo además causar mucho sufrimiento a quien está en el punto de mira de la aridez de tal comportamiento.

Silencio Buscado. Recuerdo aquí el silencio practicado por los “Nadistas” que proponen la desconexión de los aparatos electrónicos durante cierto tiempo, lo cual sin duda es muy saludable; aparte de potenciar la creatividad, puede evitar el “burn out”, trastorno psíquico mezcla de agotamiento y desilusión. El objetivo principal del silencio buscado, sin embargo, es conectarnos con nosotros mismos, llevándonos a tomar conciencia del propio cuerpo, a sentir la respiración, el corazón, a reencontrar el alma, a la inmersión en la nada grávida de creatividad.

Tal silencio nos liga a la esencia divina que nos habita, reconcilia el ego con el Yo, nos hace íntimos de Dios, nos liberta de la apariencia, da una nueva dirección a la existencia y la suaviza. Armoniza los pensamientos, sentimientos y relaciones, posibilita y potencia la meditación, da profundidad a la oración, aparte de ser salud para el espíritu y para el cuerpo.

Hay silencio y silencio, conllevando cada uno su propia singularidad, lenguaje, propósitos y resultados. Están el silencio altruista y el egoísta, el que cierra y el que abre, están el que construye y el que destruye, el que bendice y el de maldición, el que genera paz y el que perpetúa el odio. Está el silencio que cura y el que hace enfermar, el que es fruto del amor y el que es fruto del odio.

Echar mano del silencio, como instrumento de bendición, exige valor, madurez, vaciamiento, proactividad, auto-control, sabiduría y auxilio divino. Que al guardar silencio lo hagamos movidos por el amor, con el deseo de bendecir siempre.

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